El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




jueves, 30 de junio de 2011

El duelo

Recientemente conversábamos con una buena amiga sobre lo duro que representa romper el silencio, ese silencio muchas veces auto impuesto, que a menudo nos paraliza en el tiempo ante la pérdida de un ser querido. Y es que  apenas unos días después de habernos despedido de esa persona todo lo que nos envuelve también está embargado por ese silencio y nos dejamos llevar.

Los que nos rodean, amigos, familia, conocidos, tratan de consolarnos sin hablar, casi como si nada hubiera pasado y lo más que oímos es que “hay que tirar para adelante, que él o ella es lo que querrían”…. Entonces confiando en que todos pasamos por el mismo trance antes o después, escuchamos los consejos y nos apresuramos en volver pronto al trabajo, a nuestra rutina y tratamos  de estar ocupados permanentemente para no pensar, esperando que el tiempo nos traiga otras cosas más alegres y, poco a poco, aunque no olvidemos, podamos vivir como si hubiésemos olvidado. Todos deseamos hacer un proceso lo menos doloroso posible y no sabemos cómo. ¿Pero, es eso lo que realmente necesitamos?

Seguramente no. Y  lo sabemos cuándo pasado un tiempo en que hemos vuelto a sonreír y ha habido momentos cada vez más largos en que no hemos pensado, de repente, en un instante cualquiera, nos invade la tristeza y nos vemos atrapados en los mismos pensamientos (¿porqué a él/ella? ¿por qué a mí, a nuestra familia? Que injusto….) y sintiendo la perdida como si fuera en ese mismo instante.

Quizás, apenas nos quedó espacio para llorar, para hablar o recordar y revivir tantos momentos compartidos con él/ella. Quizás no lo hicimos porque no quisimos o quizás no pudimos por miedo. Como me decía esta amiga, a veces no podemos ni escribir en un papel lo que sentimos por miedo incluso a reprocharles su partida.

Reflexionando sobre todo esto y sintiéndome muy cercana a su dolor, sentí que, como siempre, las palabras y los consejos de poco sirven, porque cada ser humano se expresa de acuerdo a como se siente. Y el sentir es algo que está basado en la forma de ver la vida en toda su magnitud, en la manera de vivirla y de vibrar con ella.

Ante una pérdida es humano y lógico que, al principio y aún durante un tiempo, nos invada la desesperación, las preguntas, los porqués y que nos quejemos y lamentemos de lo injusta que es la vida, porque sentimos que nos han arrancado una parte de nosotros mismos y que ya nada será igual. Y es cierto, nada ya es igual, porque nuestra vida se va tejiendo con los hilos que nos sujetan en cada momento.

Sin embargo, poco a poco, puede ayudarnos establecer un diálogo sereno con uno mismo sobre quiénes somos y cómo queremos vivir todo lo que la vida nos va trayendo. Podemos elegir sentirnos de alguna manera concreta (desgraciados, tristes….) o sencillamente podemos sentir y sentirnos como lo que verdaderamente somos: pura energía y reconocernos cómo alma. Es entonces cuando dejamos de reprochar nada porque sabemos que lo que llamamos cuerpo es tan solo un vestido mientras estamos en la Tierra. Y sabemos que a aquél o a aquella que se ha ido, aprendimos a necesitarlo, pero no queríamos su cuerpo, sino que amábamos a la persona, al ser, al alma. Y esta permanece en el espacio y el tiempo.

Si podemos llegar a sentir esto, nos damos cuenta también de cuan absurdos son los reproches, porque él/ella,  como todos, escogió cuando nacer y cuando morir, de qué manera y en qué lugar, para su aprendizaje, para su evolución, y para el aprendizaje y la evolución de cuantos le/la rodearon y compartieron su vida.

Pero como le decía a mi amiga: aquí ni Dios mismo, ni el Universo, ni ninguna fuerza extraordinaria puede hacer nada por nosotros para amortiguar nuestra pena y nuestro dolor, si antes nosotros no emprendemos el camino del autoconocimiento intenso de quiénes somos realmente y de lo que sentimos.

            Nadie nos garantiza un duelo sin lágrimas, lloros, quejas y/o reproches, incluso puede ser necesario, pero lo que sí es cierto es que si logras sentir más allá de tu cuerpo físico y tu mente, una vez pasada  la tormenta podemos recogernos en la calma y alcanzar a sentir paz en el corazón y, aún sin olvidar, permitirnos cerrar nuestro duelo para siempre, pero no cerrar nuestro amor, porque seguiremos amándola/le por siempre.

            Entrada publicada por Elisenda Julve.

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